septiembre 18, 2026

Rubén Rada: el hombre que convirtió al candombe en música del mundo

5 minutos de lectura

Por Hernán Rago

Hay músicos que dejan canciones. Otros dejan una manera de tocar. Y están los que, directamente, cambian el mapa.

Rubén “El Negro” Rada fue de esos.

Murió este miércoles 26 de agosto, a los 83 años, después de más de seis décadas de una carrera imposible de encerrar en una sola categoría. Fue cantante, percusionista, compositor, showman y, sobre todo, un músico extraordinario. Pero reducirlo a “el gran referente del candombe” sería injusto. Rada fue uno de los grandes arquitectos de la música rioplatense moderna.

Detrás de ese hombre que parecía tener siempre una sonrisa a mano había una historia muy distinta. Tuvo una infancia durísima, atravesada por la extrema pobreza. Quizás por eso su alegría nunca fue ingenua. Había algo en sus ojos que, incluso cuando hacía reír, dejaba ver un pequeño dejo de tristeza.

Pero siguió adelante.

Y lo hizo con una herramienta que parecía venirle de fábrica: el oído.

Rada no sabía música en el sentido académico. Fue autodidacta, sin formación tradicional, pero tenía un oído increíble y una capacidad extraordinaria para absorber, imitar, transformar y apropiarse de todo lo que escuchaba. Podía incorporar un ritmo, una melodía o una forma de tocar y convertirla en algo propio.

Su historia comienza con El Kinto, junto a Eduardo Mateo y otros músicos fundamentales, construyendo aquello que después sería conocido como candombe beat: tambores, rock, psicodelia, música brasileña, soul y jazz conviviendo de una manera absolutamente novedosa.

En 1969 llegó “Las manzanas”, una canción que se convertiría en uno de los grandes himnos de la música popular uruguaya y que marcó también el comienzo de su carrera solista. En Uruguay alcanzó una dimensión casi de patrimonio popular, al punto de que muchos la sienten casi al nivel de un himno nacional.

Y eso explica una de las grandes virtudes de Rada: podía ser sofisticado sin dejar de ser popular. El mismo músico capaz de participar de experiencias complejas podía crear canciones que generaciones enteras sintieran como propias.

Después llegó Tótem, entre 1970 y 1973. Tres discos y una música que todavía hoy sorprende por su modernidad: rock, candombe, música latina y una poderosa base rítmica. Tótem no fue solamente un grupo popular; fue una experiencia musical de enorme sofisticación.

Y después apareció Opa, junto a Hugo y Osvaldo Fattoruso, llevando aquella mezcla hacia una dimensión todavía mayor: jazz, candombe, funk, samba, bossa nova y rock, con una libertad que hizo que aquella música trascendiera las fronteras de Uruguay. Rada no estaba mirando desde Montevideo lo que ocurría en el mundo. Estaba metido adentro.

Sin embargo, durante buena parte de su carrera le costó muchísimo vivir de la música. Un hombre con semejante obra tuvo que pelear muchas veces para alimentar a los suyos e incluso emigró a México buscando mejores horizontes.

Recién con ¿Quién va a cantar?, el disco producido por Cachorro López, consiguió un éxito que le permitió un pasar económico mucho mejor. Pero el corralito argentino de 2001 terminó comiéndose una parte importante de aquella ganancia.

La contradicción era enorme: le costaba vivir de la música, pero la música era su vida.

Y Rada nunca perdió la humildad. Aun siendo un artista consagrado, siempre estuvo dispuesto a ponerse al servicio de otros músicos. Un ejemplo maravilloso fue cuando tocó como percusionista para Nito Mestre y Los Desconocidos de Siempre. No había jerarquías para él. Había música.

Esa generosidad también explica por qué fue un artista amado a ambos lados del Río de la Plata. En Uruguay era una figura fundamental de su cultura y en la Argentina se ganó un lugar propio entre músicos y público. Siempre estuvo dispuesto a colaborar, con artistas consagrados o con músicos que recién empezaban.

Otro de sus grandes sueños fue tener su propio estudio de grabación. Lo consiguió en el capítulo final de su vida y, lejos de retirarse, hizo lo contrario: siguió componiendo, grabando y haciendo música todos los días, hasta casi el final.

Hay una frase del Indio Solari que parece escrita para Rada: “Que la muerte me encuentre vivo”.

Y así fue.

La muerte lo encontró haciendo aquello que había hecho durante toda su vida: vivo, activo, curioso e incansable.

El 10 de mayo de 2024, cuando cumplió 80 años, protagonizó un concierto histórico en el Luna Park. El escenario se convirtió en una enorme reunión de amigos y generaciones de la música rioplatense. Participaron, entre otros, Juanse, David Lebón, León Gieco, Adriana Varela, Nahuel Pennisi, Julia Zenko, Javier Malosetti y Los Auténticos Decadentes, además de sus hijos y músicos fundamentales de su historia.

Fueron más de tres horas de música en las que Rada recorrió El Kinto, Tótem, Opa y su carrera solista. Pero lo más impresionante fue verlo arriba del escenario con una energía que parecía no tener ninguna relación con sus 80 años.

Aquella noche volvió a demostrar que su música no pertenecía a una época ni a un país.

Pertenecía al Río de la Plata.

Hay algo paradójico en su muerte: se va un hombre de 83 años, pero su música tiene muy poco de pasado.

Escuchar Tótem hoy sigue siendo escuchar una banda que se adelantó a su tiempo. Escuchar Opa es encontrarse con una libertad musical extraordinaria. Y escuchar a Rada solista es descubrir a un artista que nunca necesitó elegir entre lo popular y lo sofisticado.

Podía hacer las dos cosas.

Y hacerlo bien.

Quizás su mayor virtud haya sido esa capacidad de absorber el mundo y devolverlo transformado. No necesitó leer una partitura para entender una canción. Su escuela fueron los discos, la calle, los escenarios y los músicos que tuvo alrededor.

Y detrás de toda aquella alegría había un hombre que conocía perfectamente la tristeza.

Tal vez por eso su sonrisa tenía tanto valor.

Porque Rada no fue alegre porque la vida le haya resultado fácil.

Fue alegre a pesar de todo.

Y siguió tocando.

Hasta el final.

Nos queda una obra enorme.

Nos queda El Kinto.

Nos queda Tótem.

Nos queda Opa.

Nos quedan sus canciones, sus tambores, su voz, su humor y esa manera increíble de hacer que una música sofisticadísima pareciera salir de manera natural.

Y nos queda, sobre todo, un músico que convirtió una vida difícil en una obra inmensa y que nunca dejó de estar al servicio de la música.

Al Negro no habrá que recordarlo demasiado.

Habrá que escucharlo.

Porque, finalmente, que la muerte lo haya encontrado vivo no es una metáfora. Es parte de la historia.

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